Aunque no oculto mi gusto por jugar al advocatus diaboli, no pretendo con una breve defensa del dogmatismo una defensa de la actitud a la que comúnmente se la relaciona, de forma feroz, injusta y verdaderamente acrítica, sino una somera revisión de una tradición filosófica de la que bebemos mucho más de lo que le gustaría a algunos.
Dogma y Dogmatismo
La palabra dogma es una de las más denostadas y menos entendidas, incluso dentro del mundo académico; y dogmatismo, aunque obsoleta, la doctrina menos comprendida y más injustamente tratada en estos mismos ámbitos.
De esta forma, tanto dogma como dogmatismo han transmutado de su auténtica significación a un simple mote académico para referirse a todo aquello que no se debe ser o lo que corresponde al bien hacer en una buena práctica académica o científica.
También dogma hace referencia a anticuado y dogmatismo a intolerancia; ambas palabras pasan por ser un elegante insulto académico. Así, toda propuesta que se respete y se quiera pasar por sería, académica o científica debe hacer gala de su carácter no-dogmática, y cualquier propuesta metodológica debe presentarse como ajena o contraria al dogmatismo.
El dogma es también un constante enemigo a batir, se dice que lo científico es precisamente lo contrario al dogma y el científico o el investigador tiene que presentarse en su carácter de anti-dogmático.
El dogmatismo se presenta entonces como una forma ingenua de filosofía, que tal vez lo sea a la luz de su propio estado de obsolescencia; empero, más allá de esta realidad, también se la ve como un episodio oscuro del pensamiento occidental, así como una anti-ciencia y una anti-filosofía propia de gentes salvajes, incultas, desinformadas y, sobre todas las cosas, fanatizadas; aquí otra acepción moderna del término: fanatismo, propio de la inflexibilidad y la nesciencia.
A pesar de ello, el dogmatismo hasta bien entrado el Siglo XIX gozó de vigencia y buena reputación, incluso hoy existe la llamada filosofía dogmática, aunque rebautizada perenne dentro del neotomismo de autores como el norteamericano Edward Feser; existe también la “teología dogmática” en las facultades de las más prestigiosas universidades europeas, dentro de las facultades de teología. Y dónde existe un uso más habitual y corriente del término es dentro de las ciencias jurídicas, dónde es de uso cotidiano los términos “dogmática jurídica”, “dogmática mercantil”, verbigracia.
Estos ejemplos de la filosofía, la teología y el derecho solo constituyen vestigios y enclaves de autoridad del antiguo prestigio de la filosofía dogmática. Y es que, la palabra dogma no tiene otro significado sino “proposición sustentada en la razón”; el descredito del término solo responde al resultado de disputas político-religiosas decimonónicas.
Balmes y filosofía dogmática
Si nos remitimos al último de los filósofos dogmáticos hispanos que gozó de prestigio, Jaime Balmes, encontramos que el dogmatismo se opone escencialmente al escepticismo, en la admisión de presupuestos, axiomas o en la existencia de verdades autoevidentes desde la cuales se pretende edificar el conocimiento. Dichas verdades-cimiento eran, a este criterio, la auténtica condición necesaria de posibilidad de conocimiento mismo. Así lo vemos en la obra Filosofía Fundamental de este mismo autor, cuando aplica el examen de la certeza a la seguridad de la existencia de los cuerpos.
En Balmes, el pensamiento empieza siempre por una afirmación, aunque se afirme la propia duda; la certeza, nos dice, es una feliz necesidad “la naturaleza nos la impone, y de la naturaleza no se despojan los filósofos” (Balmes, 1904); esto recuerda un poco a Mario Bunge cuando afirma “La ciencia hace por el realismo algo más que confirmarlo: lo da por supuesto”.
En tal contexto, para Balmes el escéptico es, cuando no un charlatán un entero lunático:
«Vióse un día Pirron acometido por un perro, y como se deja suponer, tuvo buen cuidado de apartarse, sin detenerse a examinar si aquello era un perro verdadero o solo una apariencia»
(Balmes, 1904)
La suposición o certeza de la realidad de los cuerpos, de dónde parte Balmes, tan autoevidente como de hecho es, también la encontramos en Meillassoux, cuando afirma que no existe sensación sin realidad que imprima aquello que es sentido, so pena de admitir que la percepción es una mera ilusión arbitraria (Meillassoux, 2015). La oposición a admisión de una certeza tan palmaria solo admite la sorna ya expuesta que el mismo Balmes hace del escepticismo radical.
La trampa de Descartes
Descartes encuentra la verdad fundamental en la certeza de la propia existencia, esto es, en el cogito ergo sum; pienso, en consecuencia, existo. El filósofo del racionalismo se vale, en este contexto, de la duda metódica cómo un recurso literario para llegar a una verdad autoevidente, tan formidable que, a su juicio “las suposiciones más extravagantes de los escépticos eran impotentes para hacerla vacilar”; en consecuencia, lo que buscaba Descartes era destronar al escepticismo dentro de su propio juego, para así desecharlo como inútil e impráctico (como habría hecho antes Aristóteles en su Metafísica).
La filosofía de Descartes no se fundaba entonces en la duda sino en la certeza:
«dirigir ordenadamente mis pensamientos, comenzando con los objetos más sencillos y fáciles de conseguir, para ascender, lentamente […] hasta el conocimiento de los más compuestos»
(Descartes, 1973)
Y es que Descartes no ocultaba su admiración por los métodos de la geometría y la matemática, que a su criterio eran los únicos que habían conseguido demostrar verdades, precisamente, al levantar el edificio de la complejidad matemática a partir de axiomas y razonamientos sencillos hasta elevarse a las grandes estructuras complejas.
Pensamientos finales
No cabe duda de que la filosofía dogmática está en desuso, y no tiene actualidad en el debate filosófico del presente. Pero hay que destacar que más que un insulto, un mote o un strawman, debería verse como lo que es: una auténtica reliquia del pensamiento occidental, de la que se puede seguir extrayendo valor para el pensamiento contemporáneo.
Volviendo a Balmes, este expresa que “un filósofo [escéptico] disputará todo y en cuanto pueda” pero al dejar de ser filósofo pasará a “disfrutar de la certeza como todos los demás hombres” (Balmes, 1904).
La filosofía de la certeza además, tiene sus herederos en las diferentes corrientes del realismo, y del materialismo no reduccionista; para quienes la verdad no es otra cosa sino, como bien señala Balmes en El Criterio: “la realidad de las cosas” (la verdad es substancial).
Las metodologías de la investigación científica y académicas empiezan siempre con una afirmación de certeza; empezando por el planteamiento mismo del problema, que requiere la certeza de la realidad del problema planteado; hasta la cualidad misma del investigador, que requiere de un presupuesto de certezas y conocimientos teóricos necesarios, tanto en el manejo del los métodos e instrumentos así como de la ciencia que es objeto de estudio, y sin los cuales el abordaje investigativo es imposible.
Teniendo presente estás cuestiones, quizá, solo quizá, los investigadores del presente tengan un poco más que ver con los claustros académicos de la filosofía dogmática, que con el nihilismo escepticista.
BIBLIOGRAFÍA
Balmes, J. (1904). Filosofía fundamental. Barcelona. Descartes, R. (1973). Discurso del método. Barcelona: Editorial Vosgos. Meillassoux, Q. (2015). Después de la finitud.

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