Un país, tres circos

En tiempos de convulso gatopardismo, donde sobran los decires y adolecemos de haceres, la sufriente nación venezolana no encuentra ningún movimiento real de oposición política. Como sociedad política, Venezuela se encuentra entre la espada de un régimen tiránico, y tres paredes compuestas por tres espectáculos circenses.

La «mesita»

La autodenominada «Mesa Nacional de Diálogo» hace de comparsa al régimen criminal y asesino de Nicolás Maduro, y cuya hambre por veinte curules y el enchufe en la teta del Estado del dictador, hacen un matrimonio incestuoso con la desesperada necesidad de la dictadura de una participación legitimadora de su falso proceso eleccionario.

El hambre de enchufe, el oportunismo político, la sed de gloria de un decadente Henrique Capriles necesitado de protagonismo; no son sino los protagonistas de uno de los tres circos macabros, llamados a hacer espectáculo de una situación dantesca. Elementos reciclados de la vieja política partitocrática venezolana, que emanan de la decadencia, como purulenta podredumbre de la corrupción política.

Entre la mentira y el engaño, se confunden política con elecciones, y quieren decir, cómo entre tantas quijotadas diría Cervantes, que solo se hace política si se participan en procesos electorales. Para quienes elecciones es igual a democracia habría que recordarles que bajo Stalin, Castro, Franco, Mussolini y Hitler también se votaba.

Quienes en su desesperación caen, de buena fe, en los cantos de sirena de la elección como única forma de hacer política, hacen de idiotas útiles en el cortejo fúnebre de la libertad. El electoralismo es una herencia del régimen de partidos, que se ha radicalizado y degenerado en el actual régimen de partido único de la abierta dictadura del presente; porque siendo como es, en la partitocracia, el sujeto político no la sociedad sino el partido, era entonces la elección el único medio de existencia política. Para estos no existía, pues, más política que la elección, ni más sociedad que la «maquinaria electoral».

La eterna Asamblea Nacional

Después de cinco años de inutilidad política, la Asamblea Nacional, como foro político de los partidos de oposición, busca eternizar sus curules imaginarios, y su no menos ilusoria actividad legislativa, en no sé qué instrumento jurídico-intestinal de «continuidad administrativa».

Nunca existió la AN

La Asamblea Nacional, desde que el día diez de enero del año 2016 cesó de existir como legislador nacional; esta fue anulada por la vía de los hechos por medio de un insólito «desacato» a un poder público, y la legislación nacional fue asumida por Miraflores bajo la forma del decreto-ley, a partir de un no menos cuestionable «Estado de Emergencia» que ha durado la legislatura completa.

El asunto de este estado de excepción eterno, mediante el cual el poder ejecutivo ha usurpado las funciones del legislador nacional no hace sino confirmar a Bataille, Carl Schmitt y a Giorgio Agamben, a saber; que el soberano es quien decide en la excepción, puesto que siendo la excepción un estado-límite entre estar dentro y fuera de la norma, quien decide en la excepción decide soberanamente. Así, el soberano, es decir, el dictador, que es decir el PSUV, hace de la excepción, pues, la norma y manda soberanamente, porque siendo el sujeto de soberanía el llamado en la excepción a traer la normalidad [sic. la norma] se vuelve él mismo la normalidad [sic. la legalidad]; el soberano [sic. PSUV] puede decir: «l’etat se mua«.

No pueden existir los «espacios»

Esta es la verdad ineluctable que la ciencia política nos deja sobre Venezuela: no existe, ni puede existir poder más allá del dictador.

En una dictadura soberana donde la normalidad y la legalidad emanan del dictador, no pueden existir contrapesos ni contrapoderes, ya que en una dictadura de Partido Único como la de Venezuela, se confunde el partido estructuralmente con el Estado, quedando entonces toda noción de «división de poderes» anulada, en tanto que el poder es uno solo y lo ejerce el partido.

La más grande lección política que nos puede dejar la experiencia de este período legislativo, es la confirmación del poder dictatorial: si la Asamblea Nacional es dominada por el PSUV, habrá legislador; si no está dominada por el PSUV, entonces desaparecerá como poder público.

Con ello, todo discurso que hable de la importancia de defender los espacios, o bien es iluso, o bien es mentira. Porque no solo es que no existen, sino que NO PUEDEN EXISTIR espacios de poder ajenos a la voluntad del dictador DENTRO DEL ESTADO DEL DICTADOR. Esto es así, porque dentro de las dinámicas del mando y la obediencia dentro del estado dictatorial, solo se ejerce el poder que es conveniente al soberano.

Las consultas

Habiendo descubierto esto los partidos mayoritarios de ese foro político llamado «Asamblea Nacional», se niegan a participar, es decir, a servir de elementos legitimantes de los procesos comiciales de la dictadura; ya que las dictaduras, habiendo perdido todo rastro de legitimidad, siempre buscan renovar su legitimidad en falsos procesos electorales.

Pero siendo como son, herederos directos de la partitocracia del 61, no tienen a la sociedad civil como sujeto de la política sino a los partidos; y por consiguiente, el principio y el fin de la política para estos son las elecciones. Por ende, son partidos que no saben hacer política sino campañas electorales.

Mal genético que los lleva a hacer consultas como mecanismo inútil para salir de la dictadura.

Macondo Corina Machado

Por último, la encarnación del viejacafetalismo, María Corina Machado y su personalísimo club de fans en forma de partido «alternativo» Vente Memezuela. Ante la incapacidad propositiva y la torpeza política, son quienes prefieren fingir demencia e irse a vivir al realismo mágico del que habla Abrahams.

Así las cosas, mientras estos viven sus vacaciones en Macondo y esperan la salvación a través de un desembarco de Normandía replicado en La Guaira, el 70% de los venezolanos, que sentimos asco de nuestra clase política, vivimos de la recolección de agua lluvia, la cocina en leña, la carne «a puerta e’ corral» y agradeciendo las 12 horas al día que nos toca de (intermitente) luz eléctrica.

Conclusión

Más allá de los actores políticos que, cada vez con menos éxito, se esfuerzan (bailado entre la ridiculez y el cinismo) en distraer a los venezolanos de su malestar, Venezuela se encuentra con una población desilusionada, llena de sueños rotos, desesperada, con una oposición ridícula y un gobierno de un sadismo malévolo. El país entero es un polvorín de rabia; y es un caldo de cultivo peligroso, porque si un aventurero extremista llegase a capitalizar una fuerza social semejante en un estallido incontenible de odio, hasta los países vecinos van a lamentar su pasividad presente.

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