De Civiles y Militares

Un (in)necesario debate en torno a nuestra independencia


En comunicación vía Twitter, el ilustre y personalmente admirado profesor Asdrúbal Aguiar hizo promoción de su libro en torno a la primera constitución nacional, con ocasión de nuestro día de la independencia. En esta obra se vuelve a hacer hincapié sobre el debate historiográfico que existe en torno a los patricios de nuestra República: civiles y militares.

Un debate que viene a traer a colación el carácter civil o militar de nuestra independencia, y a hacer un ejercicio crítico –y, por tanto, inteligente– de nuestra bicentenaria tradición nacional; una tradición que exalta y llena de laureles las glorias militares de nuestros patricios a la vez que ensombrece y, en ocasiones, oculta nuestras glorias civiles.

No obstante, tal distinción suele o puede tornarse maniquea, cuando no infundada y artificial.

«los hombres que permanecen en la sombra en tanto que el orden impera, se rebelan, desde que el freno social desaparece, con sus instintos de asesinato, de destrucción y de rapiña»

Laureano Vallenilla Lanz, 1929

La necesidad de la crítica

Y es que, en honor a la verdad, no se puede más que concordar con el profesor Aguiar en que es un hecho incontrovertible que Venezuela ha sufrido la desgracia por parte de todos sus gobiernos –tanto civiles como militares de subestimar la acción de nuestros próceres civiles mientras se enfatiza y exalta únicamente la gesta militar, en absoluto desdeñable, del Libertador.

Esta desgracia ha conllevado a que incluso en las escuelas de derecho sean pocos –cuando no ninguno los profesores que hayan estudiado la figura de Juan Germán Roscio, redactor de la bella constitución de 1811. Pésima e inveterada mala costumbre que ha profundizado también el mito militarista y el imaginario del «Gendarme” que reaparece en la historia en cada coyuntura nacional como una suerte de mesianismo primigenio.

Todo ello hace del ejercicio crítico del profesor Aguiar no solamente necesario sino absolutamente pertinente; debajo de los laureles de los héroes militares, yacen sepultados en las sombras de nuestro pensamiento republicano nuestros héroes civiles. Lamentable situación que nos ha costado, y no pocas veces, el sostenimiento la tradición republicana de libertad política, mandato imperativo de la Nación y principio de representación.

No obstante, me siento con el deber de realizar un par de apostillas sobre esta cuestión:

Fue una guerra (in)civil

La guerra de independencia fue una Stasis, o guerra civil. Quienes se vieron implicados en esa carnicería no eran soldados de potencias extranjeras sino vecinos: unos realistas y otros republicanos.

Fue una guerra civil en cuyo contexto histórico quienes participaron no eran militares: verbigracia, un tatarabuelo del autor que seguramente era un campesino que comía arepa de maíz pilado con queso de cincho se vio disparando un cañón de pólvora; el mismo Bolívar no era un militar de carrera sino un burgués, que por sus condiciones materiales objetivas se vio inmerso en el conflicto desde una posición privilegiada.

Lo que se trata de sostener aquí es que en ese contexto y época histórica la división entre lo militar y lo civil era del todo difusa: inclusive, Juan Germán Roscio se vio en plena actividad bélica; así pues, de todos nuestros próceres relevantes o canónicos el único propiamente «militar», esto es, de formación y carrera era don Francisco de Miranda y que, por tanto, la división entre lo civil y lo militar es moderna, de cuño francés e inaplicable en este contexto histórico, social y político.

Un viejo debate

Es una realidad que esta misma división cívico-militar era un debate en los albores de nuestra República. Cuando Simón Bolívar en 1812 desprecia a los que pretendían construir la perfección política a través de «repúblicas aéreas», lo que viene es a querer realizar y confirmar esa moderna división entre lo militar y lo civil.

Precisamente, cuando nuestro libertador se burla de los sofistas de las repúblicas imaginarias lo hace porque estos proponían que «Todos los ciudadanos serán soldados cuando nos ataque el enemigo» (Bolívar, 2014). Razonamientos antipolíticos, anacrónicos e irrealizables frente a los que se propuso «levantar tropas veteranas, disciplinadas y capaces de presentarse en el campo de batalla» (Bolívar, ibidem).

Con ello, se reitera que Bolívar quería confirmar y realizar en la realidad política esa diferenciación entre lo militar y lo civil, con la conformación de un ejército profesional, obediente, disciplinado y permanente. Los idealistas querían mantener la confusión entre lo político y lo militar; cuando se propone que «todos los ciudadanos serán soldados» ¿que diferencia hay entre la sociedad castrense y la sociedad civil? Contrario sensu, esto se parece más a la yuxtaposición civico-militar del chavista plan de la patria al que muy inteligentemente se refirió el legislador Ramos Allup cuando dijo que «la yuxtaposición [cívico-militar] afecta principalmente al poder civil» (Allup, 2014).

Una división infundada

En el mismo tenor, al ser confusas las fronteras entre lo militar y lo civil es difícil hacer una distinción rigurosa entre si la independencia fue civil o militar. Porque lo que Bolívar rechaza en 1812 en su Manifiesto de Cartagena son las ideas de Miranda; y no deja de ser sorprendente que quienes sostienen cierto civilismo y el carácter civil de nuestra independencia lo hagan, precisamente, desde Miranda: quién, hay que insistir, fue el más militar de todos nuestros próceres canónicos.

Esta suerte de mirandismo lo que viene es a confirmar lo expuesto: la dificultad de separar lo militar de lo civil en el contexto de nuestra gesta de independencia, porque sencillamente es una distinción que carece de sentido en el cronotopo en que estos actores se desenvolvieron: no formaba parte de su realidad social, jurídica ni política.

Por ende, hay que defender en este contexto la figura de Bolívar, ya que el libertador tuvo la inteligencia política e histórica de darse cuenta de algo que el afrancesado Miranda no quiso ver, cuestión que quedó patente en la historia nacional a través, y esto hay que subrayarlo, de su célebre frase sobre el «bochinche»: Venezuela no es, no puede ser y nunca será Francia. Me permito agregar: ni vamos a ser mejores por volvernos franceses.

Realismo contra idealismo

Hay que resaltar a este respecto la genialidad política que emana del realismo bolivariano. Contestando a los idealistas del “ciudadanos-soldados” quienes basaban su propuesta en experiencias de una Grecia tan lejana en lugar y tiempo, nuestro libertador responde que:

“era porque en la antigüedad no los había y sólo confiaban la salvación y la gloria de los Estados en sus virtudes políticas, costumbres severas y carácter militar, cualidades que nosotros estamos muy distantes de poseer. Y en cuanto a las modernas que han sacudido el yugo de sus tiranos es notorio que han mantenido el competente número de veteranos que exige su seguridad

Bolívar, 2014

En este párrafo se condensa la visión geopolítica e histórica del libertador, que contesta desde tres órdenes que hemos subrayado: histórico, humanístico y político. Primero, desnuda el anacronismo de los idealistas, ya que en primer lugar los ejércitos permanentes no eran una realidad histórica para los griegos que vivían en las polis (ciudades cerradas).

En segundo lugar, pone de manifiesto una diferenciación de orden antropológico. Los modernos no nos dedicamos a las armas ni al arte de la guerra, sino a las leyes y el comercio, por eso somos civiles. De ahí que nuestro libertador busque crear un servicio permanente de hombres disciplinados, dedicados a las armas y al arte de la guerra. Sector necesario para la protección de la libertad de los civiles, hombres al servicio de la República.

En tercer lugar, responde con un argumento geopolítico. Las nuevas repúblicas y los estados modernos estaban construyendo ejércitos permanentes; frente a ellos, nuestra república, territorialmente extensa, rica en recursos materiales y humanos no podía quedar desguarnecida. La única excepción a esta realidad política eran los Estados Unidos, quienes terminaron teniendo un ejército permanente, y por las mismas razones.

En consecuencia: Bolívar fue realista, Miranda iluso.

Realismo contemporáneo

En nuestra historia contemporánea, el maestro Escovar Salom (1972) también termina por darse cuenta de la importancia del realismo político, que funciona bajo el principio de primacía de la realidad en sus clases de historia constitucional de Venezuela cuando prefiere a Heller antes que a Kelsen.

«No es el deber ser de Kelsen según el cual el hombre debe conducirse de acuerdo con la constitución y con la norma; sino que la norma es tal en tanto que supone al hombre que es y no al que debe ser»

Escovar Salom, 1972

Para este último, las constituciones deben responder a nuestras realidades sociales, sino se convertirá en un papel vacío sin ninguna referencia a lo real y que solo servirá de elemento de legitimación del dictador bajo la figura del “gendarme (in)necesario”. Puesto que la dura scriptum est –por menos que pueda gustarle a Kelsen o a Luhmann– es del todo impotente ante siglos e incluso milenios de historia que pueda tener una sociedad concreta.

Conclusión

Nuestra independencia, vista desde un punto de vista global y como un proceso histórico, viene a confirmar nuestras contradicciones y la profunda complejidad de nuestra realidad nacional.

Si bien es sumamente importante y vital para el entendimiento de nosotros mismos y para el bien de nuestra República el ejercicio de la crítica al militarismo de nuestra tradición; así como el rescate y el redescubrimiento de nuestros héroes civiles, es también importante no caer en el antimilitarismo o en una hipercrítica que podría tornarse más irracional que lo que pretende criticarse.

Una república está hecha por civiles y militares. Por hombres dedicados a las leyes, la justicia, la política, la ciencia y los negocios; y hombres dedicados a las armas y la guerra, dispuestos a dar la vida por la eutaxia o mantenimiento de la sociedad política. Cómo dice el viejo adagio republicano y antiguo principio de justicia: consilio aut ense; pues sea por la razón, o por la razón de la fuerza ha de prevalecer la República.

La independencia no fue realizada por civiles o militares. Los actores de esta fueron, como habría dicho Vallenilla Lanz, los vasos donde se condensaron los sentimientos nacionales. Esta fué un proceso histórico, y los actores eran los depositarios de aquellas convulsas transformaciones sociales: Bolívar se sabía protagonista de un episodio de la historia, no su artífice; para él la revolución era tan natural como un cataclismo.

Finalmente, el conflicto que pretende plantearse en este contexto es artificial. No existía una línea divisoria entre lo militar y lo civil, cuestión a debate en ese momento, y donde el Libertador se posicionó claramente por la realización política esta división.

Los actores canónicos de nuestra independencia, ni civiles, ni militares, hacían también parte del mar de contradicciones que nos caracteriza a los venezolanos.

BIBLIOGRAFÍA

Escovar Salom, R. (1972). Evolución Política de Venezuela (2.a ed.). Caracas, Venezuela: Monte Ávila Editores.

Eutaxia en sentido político | Filosofía. (s. f.). Recuperado 2 de julio de 2020, de http://www.filosofia.org/filomat/df563.htm

García-Trevijano, A. (2010). Teoría pura de la república. Madrid, España: El buey mudo.

Luigino Bracci Roa. (2014, 11 abril). Diálogo Maduro-Oposición: Palabras de Henry Ramos Allup [Archivo de vídeo]. Recuperado de https://youtu.be/xgxiQOmLL18?t=276

Manifiesto de Cartagena. (2014, mayo 13). Wikisource, La Biblioteca Libre. Consultado el 20:36, julio 9, 2020 en https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Manifiesto_de_Cartagena&oldid=645725.

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