El «gran problema» o the hardest problem de la política contemporánea lejos de lo que pueda llegar a pensarse no es disenso sino el consenso político. Ya Alain de Benoist lo señalaba en 2010 en su libro «Más allá de la derecha e izquierda»: en la política siempre subyace un conflicto óntico; conflicto —si se quiere— análogo al que se refería Schmitt con la dialéctica amigo-enemigo. Para Benoist es evidente que para que una sociedad política funcione normalmente se debe establecer una suerte de «consenso» en torno al marco y el modo en que se desarrolla el debate político; no obstante:
«si el consenso hace desaparecer el debate mismo, entonces la democracia desaparece a la vez»
Benoist. 2010
De esta suerte, el voto vendría a ser también una forma ritual de autoafirmacion. Y es que todo discurso político no puede ser separado de la autoafirmación y —por lo tanto— del discurso moral: quien habla políticamente lo hace siempre en términos de superioridad moral.
Y esto no repugna al discurso del consenso. Paradójicamente, el discurso consensualista lleva implícitamente consigo una forma de suprematismo moral: una moral que abonada de supuesto «realismo político» pretende sostener la política del pacto de élites, alejada de todo principio de representación politica y mandato democrático imperativo sobre los actores políticos.
Sin darse cuenta, quienes alaban el presidio del consenso (siguiendo la terminología de D. Dalmacio Negro) no son muy diferentes a quienes sostienen discursos antidemocráticos y autoritaristas en la medida en que buscan la anulación de la libertad política a través de la afirmación de la prisión del consenso; el consenso de las oligarquías de partido que pactan al margen de los gobernados, en una suerte de mandato neo-aristocrático revestido de la legitimidad del voto como acto performativo, mímesis de la democracia (o lo que es lo mismo, gobernados que seleccionan y no eligen).
Aristocracia de Partido
Esta concepción antidemocrática del consenso parte de un principio de realidad política, a saber: que la ley de hierro de la oligarquía como incontrovertible ley de la política y de la historia conlleva a que toda sociedad humana relativamente extensa acabe siendo gobernada por uno grupo de pocos.
No obstante, la consecuencia de su razonamiento no es necesaria en la medida en que la democracia entendida como el control de los gobernantes por parte de los gobernados no viene a negar el principio: que siempre e indefectiblemente acabaremos gobernados por una minoría; sino a afirmar —no el «autogobierno», cuestión por demás absurda en palabras de Gustavo Bueno— el control mediante la representación política.
El consenso —por su parte— a través de los edulcorantes cantos de sirena de las palabras «entendimiento», «concordia» o «convivencia»; y algunas menos bien sonantes como «pacto» o «acuerdo» lo que vienen es a sostener la eutaxia (ευταξις) [1] de las castas de partido. Ya lo decía el estagirita:
«La salvación de la oligarquía es la eutaxia»
Aristóteles, Política VI,6,1321a
En este contexto, el elector no «elige» sino que selecciona de entre los partidos políticos su «preferencia electoral» (así denunciado por Antonio García-Trevijano). Con su voto no manda a su representante político sino que dota de fuerza parlamentaria a los jefes de partido; de tal suerte, que tanto antes como después de la elección la imperante oligarquía queda, de hecho, incambiada. Cambia la correlación de fuerzas en el parlamento pero quedando intocada la misma «aristocracia» partidista; de esta forma, la oligarquía de los partidos (o partitocracia) garantiza su ευταξις.
En el mismo tenor se afirma Dalmacio cuando señala al consenso como gran usurpador [2] del «consensus omnium (Cicerón) basado en la confianza mutua o amistad civil»; esto es, de lo que hoy podríamos traducir como compromiso.
El hardest problem
Ciertamente, debe existir una suerte no de «consensos» sino de compromisos en torno a las reglas básicas para mantener el polemos entre amigos y enemigos de la palestra política dentro de un contexto pacífico; o lo que es lo mismo, una serie de compromisos de confianza mutua y amistad civil para evitar la escalada de las tensiones políticas al grado de la guerra civil o Stasis.
Volviendo a Beniost, es del todo evidente que este autor tuvo razón en señalar el problema del consenso político, sobre todo al indicar que esta concepción de «política del consenso» lejos de anular el problema óntico subyacente a la dialéctica amigo-enemigo solo vendría a agravarlo:
«en definitiva, si los ciudadanos no ven presentadas alternativas reales y verdaderas posibilidades de elección, entonces el debate ya no tiene razón de ser y el marco institucional que le permitía tener lugar no es más que una cáscara vacía»
Beniost, 2010
En consecuencia, cuando el voto por la derecha por verbo y gracia del consenso se convierte en indistinguible del voto por la izquierda, aquello solo se traduce en un «aumento de la abstención que desemboca en la anomia social» lo que nos coloca en el «gran riesgo de ver ponerse en marcha no una sociedad pacificada por el «consenso»» sino —contrario sensu— una sociedad peligrosa y potencialmente beligerante donde veremos volver con fuerza «y a veces bajo formas patológicas, otros modos de afirmación identitaria» (Benoist, 2010).
Esta es la razón del actual problema de los nacionalismos, el racismo y el chovinismo por parte de las derechas; o de la corrección política y la anulación de la distincion privado-político desde las izquierdas, donde no deja de ser sintomático el uso banderas por cada orientación sexual (el patológico identitarismo de «género» bajo el eslogan «Lo personal es político»).
El problema de Venezuela
Todos estos problemas son una consecuente manifestación o, si así se prefiere, una respuesta orgánica de una sociedad en la que el consenso ha anulado todo principio de representación política y, por ende, de autoafirmación electoral.
En este contexto, Hugo Chávez fue producto y lógica consecuencia del consenso puntofijista; aunque a muchos no les guste aceptar esta verdad básica de la ciencia política. Chávez representó una ruptura al nudo gordiano del «consenso socialdemócrata» de Acción Democrática y COPEI
Ciertamente, toda vez que votar por AD era lo semejante a votar por Copei, que la ciudadanía perdió toda confianza en una clase política con la que no se sentía representada, a la que veía alejada de sus luchas y reivindicaciones; en suma, cuando el consenso anuló todo principio de auténtica representación política apareció el viejo gendarme. Todas las afirmaciones políticas que hacían vida en el país —especialmente las de aquellas clases que se sentían desplazadas por el ancient régime— fueron capitalizadas por el discurso populista y la figura del caudillo, el caporal, el cacique: Hugo Chávez.
Este se encargó de monopolizar toda la representación de la conciencia política nacional y de venderse como la voz de todas las luchas. El teniente de sabaneta se convirtió en lo que el Schmitt nazi vino a llamar el Führer: personificación concreta de Venezuela. Cosa que él mismo —en el colmo de su megalomanía— llegaría a creerlo [3]:
«Chávez, ya tú no eres Chávez. Tú eres un pueblo»
Hugo Chávez, 2012
En este proceso, el caudillo no vino a negar sino a confirmar y profundizar el consenso; todo, en un modelo de Estado autoritario, personalista y de partido único. De ahora en más, la política y la convivencia partidista giraría en torno a la misma persona: chavismo y antichavismo; que es lo mismo que decir: existe Chávez y existe no votar por Chávez.
Conclusión
Tanto en el consenso puntofijista como en el nuevo régimen de convivencia con el partido de la dictadura no existe elección sino selección. Lo que hay es un proceso de legitimación electoral de castas partitocráticas en el que mediante el acto performativo del sufragio se viste al sistema dictatorial de legitimidad, a la vez que se garantiza la ευταξις de la oligarquía gobernante.
En el régimen de partidos los venezolanos no pueden elegir sino seleccionar entre las toldas de colores de las diferentes facciones del Estado de Partido Único; esto incluye, por supuesto, a los partidos políticos del «antichavismo» que se han sacudido de todos elementos peligrosos para la estabilidad del Estado de la dictadura, a saber: los elementos de los partidos tradicionales que casi conquistan la libertad política el 11 de Abril del año 2002. Mismas toldas que una vez depuradas de los elementos peligrosos para el régimen de Chávez, no solamente hicieron vida sino que ejercieron acción de legislación y gobierno junto al chavismo.
Es por ello que todos los elementos «canónicos» de la vida política nacional dividida entre chavistas y opositores configuran lo que García-Trevijano llamó «la gran mentira», y han confirmado la frase de Aristóteles referida ut supra: «La salvación de la oligarquía es la eutaxia»; que podríamos traducir como «la convivencia de la oposición es la salvación de la dictadura».
Por ende, a tenor de la cadena de razonamientos precedentes, hay que concluir que en Venezuela no se puede ni se podría votar aunque se contasen bien los votos. Porque no se cumple el principio electivo que debe acompañar la fiel convicción de un auténtico demócrata: «No hay elección sin representación, no hay representación sin mandato democrático imperativo».
Deus Veritas et Iustitia
BIBLIOGRAFÍA
De Benoist, A. (2010). Más allá de la derecha y de la izquierda. Barcelona, España: Áltera.
Eutaxia en sentido político | Filosofía. (s. f.). Recuperado 2 de julio de 2020, de http://www.filosofia.org/filomat/df563.htm
García-Trevijano, A. (2010). Teoría pura de la república. Madrid, España: El buey mudo.
García-Trevijano, A. (2016). Teoría pura de la democracia. Madrid, España: MCRC.
Negro, D. (2020, 22 mayo). Prisioneros del consenso. Recuperado 2 de julio de 2020, de https://disidentia.com/prisioneros-del-consenso/
Schmitt, C., & Agapito, R. (1998). El concepto de lo político. Madrid, España: Alianza Editorial.
Notas
[1] Eutaxia en el sentido politico: http://www.filosofia.org/filomat/df563.htm
[2] Prisioneros del consenso por Dalmacio Negro
[3] Discurso de Chávez en Barcelona, Anzoátegui, durante la campaña electoral de 2012

Que gusto leer un artículo fuera de lo establecido. Y además irrebatible. Le seguiré.
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